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Libros de lectura

"MUJERES ENTRE LÍNEAS"

Mancomunidad de Servicios Sociales Pantueña

ACTIVIDAD REALIZADA PARA LA PROMOCIÓN DE LA  PARTICIPACIÓN SOCIAL Y DE LA INCORPORACIÓN A LA PERSPECTIVA DE GÉNERO EN LA ADMINISTRACIÓN LOCAL

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Viajar sola siendo mujer: entre el miedo ajeno y la libertad propia

31 ago
3 min de lectura

La primera vez que dije en voz alta que iba a viajar sola, la reacción no se hizo esperar. "¿Sola-sola?", "¿y no te da miedo?", "avísame cuando llegues", "ten cuidado, que una mujer sola llama la atención". Antes de hacer la maleta, ya había recibido más advertencias que consejos prácticos. Y ahí empieza, creo, la primera batalla de viajar sola siendo mujer: la que se libra antes incluso de salir de casa.

No voy a fingir que esas advertencias nacen de la nada. Vivimos en un mundo donde efectivamente hay que tomar precauciones, donde el espacio público no siempre es igual de seguro para todas las personas. Pero hay una diferencia enorme entre viajar con cabeza y viajar con miedo. Y muchas veces, sin darnos cuenta, cargamos con el miedo de los demás como si fuera propio.

Lo que casi nadie menciona es lo que se siente cuando, después de todas esas advertencias, decides ir de todas formas. Esa primera mañana sola en una ciudad que no es la tuya, sin nadie preguntándote qué quieres hacer, sin tener que consensuar el itinerario, sin explicarle a nadie por qué te apetece quedarte dos horas en un mercado sin comprar nada. Esa libertad tiene un sabor distinto. Es la libertad de escucharte solo a ti misma.

Viajar sola te obliga a tomar decisiones constantemente: qué comer, por dónde ir, cuándo parar, cuándo seguir. Y cada una de esas pequeñas decisiones, tomadas sin consultarlas con nadie, va construyendo algo parecido a la confianza. No la confianza de "no me va a pasar nada", sino la de "si pasa algo, yo sé resolverlo". Esa es, para mí, la verdadera conquista: no la ausencia de miedo, sino la certeza de que puedes con lo que venga.

Con el tiempo he aprendido a distinguir entre las advertencias que vienen del miedo ajeno y los consejos que de verdad ayudan. Los primeros suelen sonar a "no deberías", "eso es peligroso", "yo que tú no iría". Los segundos son mucho más concretos y mucho menos dramáticos: infórmate de la zona antes de llegar, comparte tu ubicación con alguien de confianza, confía en tu instinto si algo no te cuadra, ten siempre un plan B para volver al alojamiento.

La diferencia está en el tono. Uno viene desde el "no lo hagas", y el otro desde el "hazlo, pero hazlo con cabeza". Y esa distinción cambia por completo cómo te enfrentas al viaje.

Viajar sola no significa estar sola todo el tiempo. De los viajes en solitario me quedo con algunas de las conversaciones más honestas que he tenido, precisamente porque no había nadie más filtrando la interacción. Cuando viajas sola, te hablan más, te preguntan más, te invitan más. Y tú decides, sin tener que negociarlo con nadie, con quién quieres compartir el rato y con quién no.

Esa es quizá la parte que más me gustaría transmitir: viajar sola no es un acto de aislamiento, es un acto de autonomía. Eliges cuándo quieres compañía y cuándo quieres silencio. Y ambas cosas, cuando son elegidas, se disfrutan de otra manera.

Cada vez que vuelvo de un viaje sola, vuelvo un poco más segura de quién soy cuando nadie más está mirando. No porque el mundo se haya vuelto de repente más seguro, sino porque he aprendido a moverme en él con más criterio y menos miedo prestado.

Si estás pensando en dar el paso y viajar sola por primera vez, mi consejo es simple: escucha las advertencias razonables, descarta el miedo que no es tuyo, y ve. La libertad de descubrir un lugar (y de descubrirte a ti misma en él) bien merece la pena.


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