La importancia de tener a quién mirar
Escrito por Clara Carro Martínez
Una de las cosas que más orgullo me despierta de vivir en España es saber que este país ostenta un lugar importante en el mapa de los derechos LGTBIQ+. Hemos ganado terreno al odio y hemos conquistado derechos que antes parecían muy lejanos, casi imposibles.
Pero ningún derecho se vive igual en todos los espacios: Hay lugares donde la diversidad se celebra con música, banderas y calles multitudinarias celebrando el orgullo. Y hay otros donde todavía se vive en voz baja. Donde salir del armario se convierte en abrir literalmente una puerta en mitad del pueblo y aceptar que, durante un tiempo, todo el mundo querrá asomarse a ver qué hay dentro.
En las ciudades, la libertad a veces tiene forma de barrio, de fiesta, de librería, de bar, de manifestación. En el rural, muchas veces, la libertad empieza mucho antes: en una habitación, frente a una pantalla, en el instante exacto en que alguien se reconoce por primera vez en otra persona.
Por eso los referentes son tan importantes, porque nadie debería crecer pensando que está roto. Nadie debería transitar su vida en silencio creyendo que lo que siente es una rareza o sintiendo una soledad abrumadora. A veces basta una canción, una serie, un personaje, una frase dicha por alguien que nunca sabrá que nos salvó, para que todo encaje. Para que el miedo empiece a parecerse a esa puerta que necesitamos abrir. A veces simplemente necesitamos ver a otra persona vivir aquello que no sabemos nombrar para que se encienda la bombilla de la posibilidad, que aparezca el pensamiento de “quizá era solamente esto” y ese pensamiento, es profundamente revolucionario.
Por todo esto, me gustaría usar este espacio que me ha sido regalado para hablar de lo cansado que es escuchar “ahora todo tiene que tener un gay o una lesbiana” como si la representación fuese una invasión que sufre la cultura moderna. Como si las personas homosexuales, las personas trans, no binarias, etc hubiésemos aparecido ayer entre nuestros amigxs, en las aulas, en los trabajos, en los pueblos o en la historia. Pero no es que ahora estemos multiplicándonos, es que por fin se nos está dando espacio, no para ocuparlo todo, sino para dejar de desaparecer.
La representación no está ahí para cubrir una cuota en pantalla ni para decorar la trama, aparece para que alguien que esté mirando esa pantalla en algún lugar, tratando de entenderse y de comprender qué le hace diferente aunque no conozca las palabras o pueda darle sentido a lo que le pasa, de pronto encuentre una respuesta, descubra que no está solo/a y quizá pueda empezar a imaginar sus posibilidades como algo real.
Pero no nos hace falta vernos inmersas en personajes de series, películas, libros o influencers de TikTok. Podemos encontrar grandes referentes en nuestro entornos si nos fijamos en la tía que lleva toda la vida viviendo con “su amiga”; La vecina que comparte casa, gatos y domingos con su mujer; La compañera que un día cuenta, sin pedir permiso, que se ha enamorado de otra mujer; La chica del pueblo que decide caminar con la cabeza alta aunque sepa que durante un tiempo será el tema de conversación de todas las quedadas de las terrazas y de los clubs de costura.
Todas esas vidas visibles nos abrieron y nos abren un camino, estos referentes cercanos nos ayudan a darnos cuenta de que a veces una persona solo necesita observa a otra existir sin miedo y sin pedir perdón para entender que también puede hacerlo, que los murmullos al final desaparecen y que vivir siendo una misma no debería verse como una hazaña épica, aunque a veces lo sea.
A mi me gusta pensar que vivir mi vida sin esconderme en este pueblo es mi mayor forma de reivindicación, pues quizá haya otras personas que al verme con la cabeza bien alta por las plazas y las terrazas pueda verlo y dejar de sentir que está sola en esto.




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