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Libros de lectura

"MUJERES ENTRE LÍNEAS"

Mancomunidad de Servicios Sociales Pantueña

ACTIVIDAD REALIZADA PARA LA PROMOCIÓN DE LA  PARTICIPACIÓN SOCIAL Y DE LA INCORPORACIÓN A LA PERSPECTIVA DE GÉNERO EN LA ADMINISTRACIÓN LOCAL

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Cuando celebramos juntas

31 jul
3 min de lectura

Sentir como propia la alegría ajena quizá sea una de las formas más bonitas de hacer comunidad.


Este mes ha sido sin dudarlo una oleada de celebración, de al

egría y cánticos en las calles. Hay algo especial en escuchar gritar de euforia a miles de personas al mismo tiempo, hay una unión que hemos vivido en plazas, en bares, incluso las personas que lo han vivido solas sabían que una alegría común nos conectaba incluso a través de fronteras.


A raíz de esta vivencia, varias reflexiones han venido a mi cabeza. La primera fue la más crítica, ¿por qué no somos capaces de tratarnos así el resto del año? Pero esa idea duró poco. Hubo otra que sigue resonando. ¿Por qué una alegría ajena puede sentirse tan propia? ¿Por qué necesitamos celebrar?


Pensé que quizá la respuesta estaba en el deporte y en el sentimiento de pertenencia. Pero no tardé en darme cuenta de que llevaba celebrando todo el año.

Hay algo precioso en pensar que celebrar es una de esas cosas que hacen los humanos que no sirven para sobrevivir, pero sí para querer vivir. En un momento social en el que todo se siente rápido, parece que la humanidad fricciona constantemente entre ideas y actitudes, las calles se llenan de indiferencia y poca empatía y, de repente, celebramos. Nos abrazamos, nos emocionamos y recordamos que esa unión existe.

Y quizá lo bonito es que no desaparece cuando termina el partido. Ser consciente de que esa unión siempre existe, en diferentes ámbitos y niveles, da motivos para celebrar más a menudo.


Porque no todas las celebraciones son con ruido y pitos, algunas ocurren alrededor de una mesa, en un banco, en una terraza o en un mensaje que dice "Me encuentro mejor". Este año he celebrado viendo a mi amiga volver a salir a la calle después de una mala época y he celebrado gritar con ella una vez más en un concierto. Esas celebraciones son enormes aunque se sientan por dentro, en silencio. Creo que cuando somos capaces de sentir una alegría ajena como propia pasa algo muy bonito, dejamos de pensar solo en el "yo" y aparece un "nosotras" que no siempre es evidente, pero que siempre ha estado ahí.


Parar un segundo y reconocer las pequeñas y grandes comunidades a las que pertenecemos también es una forma de celebrar. Muchas veces hablamos de comunidad como si fuera algo enorme, pero casi siempre empieza en sitios muy pequeños, en la familia, en un grupo de personas que comparte una afición, en la compañera de trabajo que sabe todo de ti, en la cola del baño de un festival. Quizá por eso la alegría también se contagia, porque rara vez es solo de quien la vive.

Durante mucho tiempo hemos necesitado escribir sobre las mujeres desde el dolor, la desigualdad, la violencia o la reivindicación, porque era necesario y porque sigue siéndolo. Pero también creo que merece la pena escribir sobre cómo compartimos la alegría, cómo sostenemos las victorias de otras y cómo conseguimos que alguien sienta que no celebra sola.


Quizá celebrar sea precisamente eso. Parar un momento y darnos cuenta de todas esas personas con las que compartimos la vida, aunque sea solo durante un rato. A veces ese "nosotras" llena una plaza y otras veces cabe en una mesa para cuatro personas. Y creo que ambas cosas hablan exactamente de lo mismo.


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